Moisés: del monoteísmo al nacionalismo.

«Lo que comenzó con la prohibición de las imágenes supuso la primera gran distinción entre lo verdadero y lo falso. Dios los elegiría a ellos. Esta elección supone un reconocimiento por encima de todas las naciones y pueblos. Impresa pues, en el gen judío, está la cultura de la diferencia. El monoteísmo levanta una frontera que tienen que mantener los judíos.»

El objetivo de esta iniciación a la investigación es el de establecer la relación existente entre la distinción mosaica (entre lo verdadero y lo falso en la religión) y las bases fundamentales del nacionalismo judío, construido a base de distinguir lo verdadero en la creación de su tradición y lo falso con el fin de justificar el establecimiento en una tierra. Supone un viaje desde el monoteísmo instaurado por el hombre Moisés hasta las consecuencias últimas del nacionalismo israelí.

Moisés, del monoteismo al nacionalismo

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La Gran Estafa de mi vida

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El pasado seis de agosto la Policía Nacional detuvo en Linares a un joven que decidió financiarse las vacaciones sirviéndose de Internet, donde ofertaba aparatos tecnológicos de última generación a un precio irrisorio bajo pago previo, para estafar a sus clientes. Cuando uno viene a Linares –ciudad en extensión y pueblo en todo lo demás– a morir en un agosto que no es sino un veinticinco de diciembre repartido a lo largo y ancho de treintaiún días, entre cuarenta grados a la sombra y una cerveza mal tirada, lo último que espera es que le estafen. Cerveza mal tirada aparte. El chaval lo consiguió, y sin estar tras una barra o apellidarse Blesa.

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Blablacar

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Rumiando la huída, Juan Tallón se preguntaba qué hacían de gira, a su edad, Keith Richards o Mike Jagger. La respuesta era fácil: “escapar siempre, tal vez del tiempo, rápido, para envejecer más lentamente.” Escapando del calor, mi santa y yo acudimos al recurso del mar. Económicamente escasos y con un carnet de conducir pendiente, nos conjuramos al azar, siempre caprichoso, de san blablacar. Allí nos esperaban Dick y Perry –también huían de algo–, solo que en una versión agitada, no mezclada, entre el reggaetton y unas vacaciones a Benidorm en los sesenta. En el seat no cabía un alfiler: el maletero se extendía hasta el copiloto y sobre el techo llevabamos una lancha más grande que el coche. El copiloto, con medio producto interior bruto de Jamaica dentro, se lió un porro del tamaño de la lancha, y una vez izada la bandera pirata, decidimos emprender nuestra aventura.

Sigue leyendo en: http://highwaymagazine.wordpress.com/2014/08/03/blabacar/

 

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«Ándense a cagar, nenes»

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El día en que vine al mundo no todo fueron alegrías. Cuentan que mi padre, del manzanares de toda la vida, no dejó esquina libre en la que lamentarse, pues el niño le salió con el blanco puesto. Muchas fueron las distracciones, los intentos de evitar, puesto que jamás sería rojiblanco, que acabara madridista perdido. Unos calcetines del Betis por aquí, otros del Bilbao por allá e historias de Kubala cortitas y al pie. Pero solo una escuadra en el mundo tenía lo que yo demandaba: muchas copas de Europa. La mayoría, además, las reunía en sus dos piernas una sola persona: Alfredo Di Stéfano, que ayer murió a los ochenta y ocho años, cansado de regatear hasta con la silla de ruedas en la que viajó como profesor X del madridismo en los últimos años. Genio que, no solo vino al mundo con La Primera debajo del brazo, sino que se fue con La Décima.

Regalo de una madre, América Latina, que tanto creó y crió, tal fue su importancia que hasta las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional, un grupo subversivo venezolano, le tomaron como rehén en Caracas, en el ya archiconocido secuestro de Don Alfredo. Y ni en esas fue un cualquiera. Contaba que antes de bajar para atender la reclamación de este humilde grupo de liberación nacional venezolano, se peinó y enjuagó la boca, pues uno no podía ser retenido de cualquier manera. En un alarde de esa pillería que tantos goles le dio al Real Madrid, cuenta también que pese a que le pusieron un esparadrapo en los ojos y le hicieron jurar que no veía nada, la venda estaba coja y podía ver todo lo que ocurría por debajo de sus pómulos.  [Continuar leyendo en: http://highwaymagazine.wordpress.com/2014/07/08/andense-a-cagar-nenes/]

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Septiembre, perdona nuestros pecados

El-actor-estadounidense-Robert_54358127375_54028874188_960_639Contaba Beatriz en el documental 19 días y 500 noches que en una de aquellas acabó siendo invitada por Joaquín Sabina a la habitación de su hotel, en México. Y que, tras la liturgia propia de esas noches sabinescas acabó por compartir algo más que el hielo. Las consecuencias fueron funestas: tras el abandono en plena guerra de su amiga, esta se encontró a los padres de ambas abajo, y la siguieron hasta girar el pomo de la puerta y encontrar a Beatriz y Joaquín en un whisky on the road. El último examen me pilló como pilló el padre a aquella muchacha mexicana: en la cama con un desconocido.

Nos saludamos como dos personas civilizadas –al igual que el padre y Sabina— y más que un tequila, nos prometimos un whisky que yo ya había comenzado a beber antes de las diez. El sábado, a la hora del vermú, Andrés Martín y Pablo Beas planeaban por Twitter una noche canalla, de esas que vieron hacer ochos a Javier Egea por las calles de Granada. Gestioné la botella en diez minutos, en un giro de guion en el que me reconocí frente al espejo como el señor lobo, y confié a septiembre mi redención. [continúa aquí: http://highwaymagazine.wordpress.com/2014/07/06/septiembre-perdona-nuestros-pecados/]

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La chica de ayer

Los antiguos romanos tenían un ritual bien definido para la nueva fundación de ciudades, conocido como inauguratio. Para elegir el lugar, el augur se situaba en una zona elevada, desde donde hacía el auguraculum, es decir, observaba el vuelo de las aves para saber si era propicio o no construir allí la ciudad. Finalmente, cada parte de esta  iba consagrada a un dios. Estando reservada la parte más elevada para Júpiter, Juno y Minerva.

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Tumbada bocabajo en su cama, como niña-resaca de la movida madrileña que es, rizando el cable del teléfono, Elena Valenciano ha decidido así mismo consagrar su campaña electoral a su propia Triada Capitolina. Véase Jesucristo, Ernesto Che Guevara y Felipe González.

Sigue leyendo aquí: http://highwaymagazine.wordpress.com/2014/05/11/la-chica-de-ayer/

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La derrota también necesita héroes

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La derrota gusta, atrae y enamora. Tiene un gusto amargo, pero enamora, atrae y gusta. Incluso hay veces que no te suelta, ni quieres que lo haga. Perder es tanto o más mitológico que ganar, como diría Angélica Liddell. Cuando uno se acostumbra a perder saborea la derrota como se saborea una copa de vino, vanagloriándose en sus formas y su eco, en ese movimiento de caderas al agitarla con la elegancia y eficiencia de un enólogo. Sin derramar ni una gota. Sin dejar nada a los demás. Egeo la deseaba tanto que pese a tener la victoria delante de sus ojos prefirió lanzarse al vacío.

Sigue leyendo aquí:  http://highwaymagazine.wordpress.com/2014/05/06/la-derrota-tambien-necesita-heroes/

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Morir en Roma

Morir en Roma es fácil.

Veintitrés puñaladas por la espalda lo reafirman.

Morir en Roma es fácil.

Lo supe muy bien al comprobar que Rómulo y Remo no bajaban por las noches a mamar la leche de los gatos, y que lo de la Gatomaquia romana era un mito, ergo Lope de Vega no habría escrito nada allí. Aunque sí lo hizo Alberti exiliado en alguna esquina del Trastevere.

Morir en Roma es fácil.

Porque el preciosismo, lo eterno y lo no tan eterno son una verdad a medias. Aunque no es que mientan sobre esto, y como le indicó Razumijín a Zosímov, en este caso, la mentira se puede perdonar porque lleva a la verdad.

Morir en Roma es fácil.

Senté cátedra con este hecho nada más poner un pie en la Cittá Eterna, cuando casi soy atropellado por varios coches que saltaban señales de stop como si arrastraran algún complejo de competidores olímpicos en sus maleteros.

Morir en Roma es fácil.

Mientras disfrutas de un capuccino en alguna terraza puedes ser arrasado también por cualquier Audrey Hepburn en vespa huyendo de Dios sabe qué, o bien aniquilado por ese papelito que te pide que por favor deposite usted medio riñón suyo y de su santa acompañante como emolumento a la maestría del servicio del camarero de turno.

Morir en Roma es fácil.

Desde el mirador El Pincio, sobre Piazza del Popolo, lo corroboré asustado por la magnitud de la ciudad y por el tridente que sale desbocado de allí, y que como si lo portara el Neptuno de Bernini, amenaza con hundirse en tu pecho.

Morir en Roma es fácil, pero la sensación que da es la de no dejarte marchar y agarrarse en tus muslos como Plutón a Proserpina. Aunque Kurt Cobain, que llevó al extremo la verdad a medias de la que hablaba, no corrió la misma suerte cuando experimentó su primera muerte, allá por 1994.

En marzo, Nirvana había dado su último concierto en el Terminal Einz de Múnich. El prolífico rubio arrastraba unos problemas de garganta que le dejaron sin voz a la mitad del concierto. No tardó en ponerse en manos de un especialista que le detectó laringitis y bronquitis, por lo que la gira europea quedó cancelada. Pero Kurt, arrastrando consigo a Pat Smear, decidió tomar un vuelo a Roma.

Courtney Love acababa de llegar de una gira en Londres de su último álbum con Hole, con la maleta cargada de unos potentes tranquilizantes, Rothypnol, que salvaban algunas de sus noches de insomnio. Atraído por los tranquilizantes, justificándolos por su enfermedad y tras no echar un polvo –con su discusión posterior– con la cantante de Hole, decidió tomarlos mezclados con champán como el que mezcla whisky con hielos. Aunque en este caso el tema tornó a gris.  En las primeras horas del día siguiente Courtney le encontró en estado de inconsciencia en la cama y con sangre en la nariz. Estaba en coma. Varios días sin noticias de mejoría supusieron su conversión al nomadismo de hospital en hospital hasta que al quinto día –en esto fue más lento que Cristo—, resucitó.

Roma fue testigo del primer intento de suicidio –si es que al final fue así—. Cuando Love le encontró en el suelo, en estampa dadaísta, con la melena rubia extendida como si fuesen los rayos dorados que alumbran el “éxtasis de Santa Teresa”, en su mano podían adivinarse tres notas. Una de ellas mencionaba al doctor Baker, su médico, que le recomendó abandonar su adicción o morir: «El doctor Baker dice que, como Hamlet, debo elegir entre la vida y la muerte. He elegido la muerte». Un año antes, en un tono tan apodíctico que nadie replicó, escondido tras su melena dorada, antes de dejarse la voz en Where did you sleep last night escupió aquel “fuck you all, this is the last song of the evening”. Una profecía para la que el mundo de la música aún no estaba preparado. Su índice –si es que al final fue así— también pronuncio “qué os jodan a todos” al apretar aquel gatillo que en maniobra kafkiana le destrozaría la cabeza con un redoble de batería, dejando el capítulo sin acabar.

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Málaga no hace prisioneros

A Manuel Alcántara le preocupa que los pronósticos de la ONU sobre el cambio climático aumenten el nivel del mar tanto como para inundar su terraza y llenarla de sirenas. Cuenta que, por si acaso, ha decidido echarle menos agua tónica a la ginebra.

A las cinco y media, de Málaga solo conocía el nombre, y solo la conocí a partir de las nueve de la noche, hora indecisa para Umbral, bajo la tutela de Nieto Jurado. Promesa del columnismo al que le atribuyo –aparte de su magnífica prosa— el honor de haber sido el encargado de bautizarme en la ciudad de Alcántara.

Llegué yo perdido. El GPS de mi smartphone me engañaba y no quedó habitante vivo sin someter. Al primero le pregunté, muy educadamente, que si podía ayudarme a llegar a mi hostal. Al último, que dónde coño estaba el Ilustre Colegio de Abogados, pues tenía una cita en su interior. Está usted dentro, señor. Respondió.

Llegué, pues, a tiempo y apure uno, dos, y tres cigarros hasta la llegada de Ruiz Capilla, que demoró la aparición unas dos semanas.

Y aunque el evento giraba en torno a la voz, Don Manuel elogió la palabra escrita. También citó a Miguel Hernández:Tristes armas si no son las palabras”. Tristes, tristes. Tras la interacción de Iñaki Gabilondo, Carlos Herrera, Luis del Olmo, etcétera, llegó el tiempo del refrigerio. Y allí vi a un Antón Losada que pese al respeto que le profeso, me dio la sensación de ser el gorrón de la fiesta: no dejó canapé en pie. El fin de la segunda conferencia vino acompañado de la cena. Todavía me pregunto qué ocurrió después:

Las postrimerías del domingo, tras la derrota ante el Barcelona, dieron a luz a una semana en la que me lamentaba como un Respaldiza a punto de ser vilipendiado por los franceses. Inmediatamente a lo de Sevilla pintaba en cada esquina un por qué. Al día siguiente empinaba el codo como si cada trago fuera un gol. La mañana del viernes habíamos ganado la triple corona. La noche en Larios no hace prisioneros.

A Manuel Alcántara le preocupa que los pronósticos de la ONU aumenten el nivel del mar tanto como para inundar su terraza y llenarla de sirenas. Y a mí, saber si a su edad seré capaz de ni siquiera dibujar la noche de Málaga frente a un Dry Martini.

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Leyendo en trincheras

“Sea como sea, hay una cosa indudable: el gesto de Suárez no es el gesto poderoso de un hombre que enfrenta la adversidad con la plenitud de sus fuerzas, sino el gesto de un hombre políticamente acabado y personalmente roto, que desde hace meses siente que la clase política en pleno conspira contra él y que quizá ahora siente también que la entrada intempestiva de los guardias civiles rebeldes en el hemiciclo del Congreso es el resultado de aquella confabulación universal”

Anatomía de un instante (Mondadori) Javier Cercas.

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